Cada 24 de agosto se celebra en Argentina el Día del Lector en conmemoración del nacimiento de Jorge Luis Borges. En esta nota, María Kodama, su última esposa, cuenta cuáles eran los autores favoritos del escritor y qué obras nunca faltaban en su biblioteca personal.

Este 24 de agosto se cumplen 120 años del nacimiento de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo uno de los escritores argentinos más grandes de la literatura universal. Su vigencia en la vida intelectual y literaria continúa más fuerte que nunca. Maestro de maestros, el aporte que dejó Jorge Luis Borges marcó profundamente no solo la formación de tantos otros escritores que eligieron el camino de la pluma, sino también de las distintas generaciones de lectores que llegaron a sus páginas para deslumbrarse con la creación de un mundo único y personal.

 

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Cuentos, poemas, ensayos, clases, conferencias y ninguna novela. “Las ruinas circulares”, “Tlön Uqbar Orbis Tertius”, “Funes el memorioso”, “La biblioteca de Babel”, “El otro”, “El Aleph”, “El jardín de los senderos que se bifurcan” y tantos otros textos inolvidables son algunos de los que construyeron a Borges como uno de los genios literarios no solo en la Argentina, sino también en el resto del mundo. En China, por ejemplo, se convirtió en el autor latinoamericano más leído y hasta venden remeras con algunas de sus frases estampadas en ideogramas.

Sin embargo, con gran humildad, escribió en uno de sus poemas: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”.

Pero, ¿cuáles son aquellas que le dieron tanto orgullo? ¿Qué tipo de libros había en su propia biblioteca? ¿Cuáles eran sus autores preferidos? ¿A quiénes releía?

“Su gran biblioteca fue la que heredó de su padre, que venía de su abuela inglesa. Allí conoció a muchos autores. En su biblioteca personal, además, no solo había ejemplares de literatura sino, sobre todo, de filosofía, religión, astrología, matemática y ciencias. Tenía una gran curiosidad”, compartió María Kodama, especialista en literatura y mujer del escritor, quien lo acompañó hasta el último día.

Y agregó: “Borges tenía la Enciclopedia Británica completa; muchas traducciones de la Divina Comedia –recorría librerías para comprar y comparar traducciones–; sagas de la literatura islandesa, y distintas obras orientales, sobre todo, japonesas como Los cuentos de Ise. Por supuesto, leía mucho a los clásicos”.

Traducida al inglés por William Morris, la saga islandesa Völsunga –una obra anónima escrita durante el siglo XIII– fue un regalo de su padre, cuando Borges apenas era un adolescente y ya un lector excepcional. La pasión por las letras islandesas –“el latín del norte” como decía Borges– lo acompañó desde entonces. Comenzó a estudiar aquella lengua, también con María Kodama, no para hablarla, pero sí para traducirla. Y así publicó los libros Las kenningar, Literaturas germánicas medievales, y Gylfginning –este último, junto con su mujer–.

Sin bien se consideraba a sí mismo un contemporáneo de los griegos, también tenía cierta predilección por otros autores, entre ellos: Virginia Woolf, William Faulkner, E. M. Forster, Kafka, André Breton, Ray Bradbury, Lovecraft, C. S. Lewis; y, de este lado de la región, Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares, José Bianco, Juan Rodolfo Wilkock, Ernesto Sábato, Julio Cortázar.

Aún así, Borges explicaba: “En general lo contemporáneo no me interesa. Creo que habrá de parecerse bastante a mí. Después de todo, yo también soy contemporáneo. Tratándose de lo contemporáneo, estamos viviendo en el mismo mundo y no creo que podamos ser muy distintos. En cambio, si uno estudia literaturas de otras épocas puede encontrar novedades".

Hay quienes dicen que lector no es el que lee, sino el que relee. Borges volvía siempre a las páginas que más le despertaban admiración, entre ellas: la Divina Comedia, El Quijote, los poemas homéricos.

A propósito, Kodama contó: “Borges releía mucho la obra de Cervantes. Era la única novela que le gustaba. Pero no era un lector del género. Decía que en las novelas, en cualquier instante, se poblaban de almohadoncitos, candelabros, comidas. Es decir, terminaban apareciendo cosas de relleno. Por eso tampoco las escribió. En cambio, con los poemas, cuentos o ensayos decía que tenía un mayor control, por su extensión, tensión y brevedad”.

Año a año, lo que sí se aleja de la brevedad es la cantidad de lectores de diferentes nacionalidades que leen y releen la obra borgeana, perpetuando la enorme huella cultural y literaria que este escritor argentino supo conseguir no solo en la historia de la literatura, sino también en lo más vivo y contemporáneo de ella.