A 111 años de su nacimiento, hacemos un recorrido breve por la vida y la obra de este escritor con un halo de misterio.

Desde los títulos de sus libros, Juan Carlos Onetti promete soledad, tristeza, melancolía, algunas dosis de fracaso y una mezcla de desesperanza y pesimismo; propone cadáveres, oscuridad, muerte. Y en cada página cumple con maestría: delinea espacios cerrados, atmósferas cargadas, silencios interminables. También le escapa a los paisajes y sus personajes, llenos de ternura y sufrimiento, fuman sin parar. Quienes lo conocieron aseguran que esos mundos literarios eran parte de su propio mundo, de su día a día, y que muchos de esos sustantivos abstractos que describen su obra se hacían carne en él. Su viuda, Dolly Onetti, contó incluso que "para él la realidad eran los personajes de sus novelas". A 111 años de su nacimiento, hacemos un repaso por la vida y la obra de este escritor magistral y siempre taciturno. 

Onetti nació Montevideo el 1 de julio de 1909. En su casa familiar se leía bastante, su madre era fanática de Alejandro Dumas y su padre era un gran lector de novelas policiales. Juan Carlos heredó de ellos esa costumbre y desde niño era un gran contador de historias que inventaba a partir de lo que salía en los diarios. En su adolescencia fue un lector casi a tiempo completo. Ya de adulto encontró siempre el tiempo para la lectura. “Leer en todo momento de inactividad, leer hasta que mis ojos protestan, allá por la madrugada y es necesario tomar una pastilla y esperar otras lecturas, otras formas de soñar”, escribió en 1978.

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Si no estaba leyendo, estaba escribiendo o fumando, casi siempre recostado en su cama. Ese era su pequeño espacio cerrado, su atmósfera. Lo rodeaban cigarrillos, whisky, pastillas DRF y novelas policiales baratas, a las que tenía cerca de un cesto para tirar las hojas que se iban saliendo a medida que las leía. Le alcanzaba mirar el mundo desde la cama. Con una literalidad asombrosa, una vez pidió que le regalaran un globo terráqueo para tener en su cuarto. Lo tuvo. Por su tamaño tuvieron que ubicarlo en alto y a unos cuantos metros de distancia de su cama, pero como a él le pareció lejos dejó de prestarle atención rápidamente y siguió enfocado en el resto de su pequeño mundo. 

En sus novelas y cuentos tampoco hay paisajes. “A mi me basta y me sobra una habitación —dijo alguna vez— Graham Greene habla de una cierta repugnancia por las descripciones de paisajes, son inútiles, lo que me interesa verdaderamente son las personas”. 

Escribía a mano en cuadernos escolares. Garabateaba lento, apoyado sobre su codo derecho. Casi no corregía ni trabajaba la sintaxis o el estilo. Algunas veces se quedaba pensando en algún adjetivo y se levantaba incluso de madrugada para modificarlo. Tampoco releía sus textos. "Jamás leí a Onetti, el perro nunca vuelve a su vómito", explicó alguna vez. "Escribo para mí, para mi placer, para mi vicio. Para mi dulce condenación", contó en una entrevista que concedió en 1960 al semanario uruguayo Marcha. La inspiración la encontraba en su propia vida, en las personas que conocía, en sus reflexiones, en su interior. 

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Sus personajes fuman tanto como fumaba él, siempre rodeado de cigarrillos y encendedores. Muchos otros incluso le copian sus silencios, su estilo taciturno, cierta melancolía y algo de ternura. También la sensación de soledad y la conciencia del tiempo. Así aparece, por ejemplo, descrito un personaje en El astillero (1961): "Sospechó, de golpe, lo que todos llegan a comprender, más tarde o más temprano: que era el único hombre vivo en un mundo ocupado por fantasmas, que la comunicación era imposible y ni siquiera deseable, que tanto daba la lástima como el odio, que un tolerante hastío, una participación dividida entre el respeto y la sensualidad eran lo único que podía ser exigido y convenía dar". 

La muerte recorre su obra, ya que siempre lo acechó una excesiva consciencia de su propia finitud y de la de los suyos. "Uno de los descubrimientos más terribles, el más terrible que tuve de muchacho, fue que todas las personas que yo quería se iban a morir algún día. Eso me pareció absurdo y de esa impresión no me he repuesto todavía. No me repondré nunca", declaró a Marcha. En Para esta noche (1943), la muerte aparece como una niña inocente que hace sonreir por primera vez al protagonista: "La apretó y comenzó a correr, no bajando por las diez cuadras que llevaban al puerto, sino trabajosamente calle arriba, hacia la ciudad, precedido por algo que no lo dejaba chocar con cuerpos ni con voces, aunque cerraba los ojos al resplandor de las fogatas; sabiendo que estaba en el grandilocuente final de un tiempo, que todo estaba terminado y que cuando todo fuera suprimido, la vida, el miedo y la muerte, otro inocente principio iba a surgir, como una sonrisa de la niña sin cara que llevaba apretada contra el cuerpo".

Entre sus obras más destacadas se encuentran Tierra de nadie (1941) La vida breve (1950) El astillero (1961) Tan triste como ella (1943) y Juntacadáveres (1964). Su primer libro, El pozo, lo publicó en 1939. En 1980 obtuvo el premio Miguel de Cervantes, lo que constituyó un gran reconocimiento a su obra. 

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La vida lo llevó de Montevideo a Buenos Aires, de Buenos a Montevideo y de allí a España, al exilio. Durante mucho tiempo, trabajó, además, como periodista en diarios y agencias de noticias. Siempre siguió escribiendo con intensidad y acodado en su cama, con Dolly a su lado, poniéndole crema en el codo, afilando sus lápices y pasando a máquina sus manuscritos. 

Onetti murió en Madrid, el 30 de mayo de 1994. Lo enterraron poco después. En el entierro su nieta repartió entre los asistentes los encendedores que su abuelo, el escritor taciturno, había acumulado en su mundillo. Fue una escena maravillosa, que el propio Onetti podría haber escrito en una de sus novelas.