Conversamos con la joven escritora y dramaturga cubana que sorprende al mundo editorial y a los lectores con una potente novela que reflexiona sobre la familia, la libertad y los vínculos tiránicos.

Elaine Vilar Madruga (La Habana, 1989) es poeta y dramaturga, autora de la novela La tiranía de las moscas (editorial Barrett), una obra inquietante que, con sus toques de humor y realismo mágico, coloca una poderosa lente en los recovecos más profundos de las acciones humanas. La novela se mueve entre la historia de una familia y la de un posible país, en las que cualquier situación —desde  la elección de un nombre o el gusto por la geografía— puede ser pensada como desviada, peligrosa, pasible de controlar con el objetivo de mantener el poder. Los protagonistas son tres hermanos, uno más peculiar que el otro. Casandra, la hermana mayor, siente atracción sexual por los objetos; Caleb, el hermano del medio, provoca la muerte a todo animal que se le acerque; la más pequeña, Calia, permanece en silencio todo el tiempo y tiene un talento especial para el dibujo hiperrealista de animales. Los tres tendrán que aliarse para sobrevivir a una madre que los odia y a un padre dictador.     

Vilar Madruga es dueña de voz literaria contundente, escribe poesía, teatro, cuento y novela. Se licenció en Arte Teatral en el Instituto Superior de Arte de Cuba. Sus textos han sido publicados en numerosas antologías en todo el mundo y obtuvo diversos premios dentro de la ciencia ficción feminista, la poesía y la literatura juvenil. 

tapa del libro


¿Cómo te definís como escritora?
Soy un ojo detrás de una lupa, un ojo al que le interesa observar la naturaleza humana. Soy una mano que escribe sobre esa naturaleza y escarba en los detritos y en lo bello (que no son tan diferentes, ni en el fondo ni en la superficie). La curiosidad es mi principal motor de impulso. Sin curiosidad estaríamos muertos o seríamos fósiles. Experimento primero con mis pensamientos y luego con la escritura. Y ya que te hablo de escritura, podría decirte también que ella es, para mí, un juego terrible, un espejo en el que se va reflejando lo que soy, lo que fui, lo que seré, mis historias, las historias de otros, mis silencios, los silencios. Leo el mundo como un experimento que nos hace cuestionar las fronteras que hemos creado entre lo real, lo irreal y lo simbólico. Trato de no definirme. Prefiero jugar con la idea de la definición.

En una entrevista decías que "la literatura intenta fotografiar el mundo interior de quien lo escribe y el mundo exterior que el creador visualiza". ¿Cómo es ese mundo interior tuyo y qué es lo que visualizaste del mundo exterior para escribir una novela como La tiranía de las moscas?
Por suerte mi mundo interior es bastante mutable. Es una guerra de metamorfosis todo el tiempo. Eso me impulsa a buscar —o al menos lo intento— nuevas historias en los materiales de la realidad que vivencio o que otros a mi alrededor vivencian. Por suerte también tengo mala memoria, y no llevo a cuestas muchas cicatrices visibles de las carencias, las bellezas, los desechos o los olvidos del mundo real. En todo caso, mis libros son esa memoria escrita que va quedando, un poco a la saga, de la persona que fui en un tiempo determinado. Más que páginas de un diario de vida, ellos son trazos de una sensación específica en un momento de vida.
En esa guerra de metamorfosis de la que te hablo, escribí La tiranía de las moscas. La novela nació en una cuarentena que parecía larga en ese entonces. En medio del caos, me resultaba difícil encontrarme, como escritora o ser humano, más allá del proceso biológico de supervivencia que se estaba viviendo. Escribir La tiranía de las moscas me puso en contacto de nuevo con esos nervios de la escritura que se me estaban desprendiendo de la carne. De cierta manera, me obligó a conectar esos nervios. Fue catártico y brutal. Quizás por eso es que La tiranía de las moscas ha tocado a tantos lectores. Es una fotografía de mis entrañas.


¿Cómo fue el proceso de escritura de la novela? ¿Con qué desafíos te encontraste?
Fue muy tortuoso encontrar el tiempo para escribir. Y, de cierta manera, también era tortuoso encontrar las fuerzas para jugar a ser escritora cuando la realidad te dice que es mejor priorizar el alimento del presente que la espiritualidad del futuro. Frente a un mundo que se me desmoronaba frente a los ojos, me quedaban dos opciones: llorar a ese mundo o intentar recomponerlo desde la escritura. Aposté por la segunda opción. Y de paso, también, me acordé de la tragedia griega y de Aristóteles y su Poética, y me di cuenta de que era hora de hacer catarsis. Al final, cuando los motores de una historia están listos, su tiempo llega. La verdad es que no me imagino escribiendo La tiranía de las moscas en un tiempo que no fuera este. Fue una sincronía perfecta. La literatura tiene esas cosas.

El escritor Augusto Monterroso decía que en la literatura hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas. Justamente, estos tres tópicos aparecen en tu novela (ligados a la descripción de los personajes de los hermanos, pero también como ejes) ¿Son tópicos o temas en los que te interese indagar particularmente?
De lo humano, en realidad, me interesa todo. La periferia de las emociones y las experiencias, y también su centro. En el viaje de la literatura, ninguna geografía es prescindible . Hay que intentar hacer el viaje completo, de un lado a otro, para luego probar en la página en blanco el valor y la intensidad de ese viaje. Mis temas de escritura son también mutables, pero es cierto que los tópicos de la familia (en descomposición y recomposición), los ciclos humanos, la maternidad, el cuerpo femenino y la identidad femenina, la violencia simbólica y física sobre el cuerpo político de lo real son quizás esos ejes que mejor me han acompañado hasta ahora. Mañana no sé. Puede que sean otros o esos mismos que han mutado hacia nuevas estructuras o modos de contar. Lo que me interesa en la literatura es su capacidad de comunicarse con las esencias más profundas de lo humano, más allá de credos, géneros, identidades, sistemas políticos, creencias o tabúes. Su capacidad es infinita. El escritor solo debe desnudar su verdad, interior y exterior, frente a los ojos del otro. Y tener la fe de que ese otro, de vuelta, también se desnudará ante la realidad del libro que se ha escrito.

¿Qué opinás de la literatura latinoamericana actual escrita por mujeres y de este "resurgimiento" del terror y del fantástico de la mano (en la pluma) de Mariana Enríquez, Samantha Schweblin, Mónica Ojeda, Liliana Colanzi o María Fernanda Ampuero, por nombrar a algunas escritoras?
Ya era hora. Cada día conozco más autoras latinoamericanas que escriben sobre el terror de lo cotidiano, sobre lo fantástico, la realidad efervescente y sus metamorfosis. Son voces de mujer que cuentan historias desde cuerpos de mujer, algo que podrá parecer intrascendente para muchos, pero que en realidad abre una puerta a nuevas experiencias y modos de narrar. Quien diga que no se ha invisibilizado a la mujer escritora, el que no sepa que aún existen modos patriarcales de hacer literatura, de producirla o promocionarla, probablemente tenga una venda cómoda sobre los ojos. A veces es muy cómodo no ver. Ver —en el más amplio sentido de la palabra— es un acto de riesgo y de justicia, y no todos se sienten a gusto con actos semejantes. Por suerte han llegado nuevos tiempos. Los lectores y no pocas editoriales se han aliado, muy conscientemente, a la idea de dar voz a la voz de nuestras historias. El viaje recién comienza ahora y de seguro va a ser una experiencia fabulosa para la actual generación de escritoras y de lectores. 

¿Cuáles son tus referencias literarias?
Son muy eclécticas. Leo mucho teatro, por formación profesional y pasión de mujer de la escena. Me interesan las voces femeninas en todos los géneros de escritura porque cuentan las historias que hablan de mi cuerpo y de mi realidad. Mi mejor referente dentro de lo cubano es José Martí, pero admiro la obra de mis contemporáneos y trato de estar siempre actualizada, en la medida que el tiempo lo hace posible, con lo que se produce en Cuba y lo cubano más allá de las fronteras físicas de la isla, porque la Cuba escritural es sinónimo de diáspora. Lo raro, lo tabú, lo que va más allá de lo convencional suele tocarme y no pocas veces conmoverme. Tengo hiperkinesia textual. Me gusta descubrir nuevas voces y nuevas referencias todo el tiempo. Todo lo que no me constriña a un espacio cerrado o claustrofóbico, todo lo que me rete intelectualmente, por lo común me llama. 

¿Cuáles son tus proyectos a futuro?
El futuro se ha convertido en una frontera todavía imprevisible para mí. Es casi imposible ver más allá de la burbuja temporal de la realidad que uno vivencia. Dentro de ese escaso conocimiento de mi propio futuro, sigo escribiendo y mutando. Hay aún varias sorpresas con La tiranía de las moscas y mi más reciente novela, Cavidad provisional, será publicada pronto. La vida física tiene muchas incertidumbres y sinsabores, pero la libertad de la escritura, esa libertad, no puede ser tocada. Entonces, sin dudas, el futuro va a ser un futuro de creación.